Un sociólogo polaco, Zygmunt Bauman, ve a la sociedad global actual como una "sociedad líquida", crecientemente individualizada, y nombrada de este modo para reemplazar al término negativo de Posmodernidad. En ella, obviamente, se establecen relaciones de "amor líquido". En oposición a las relaciones tradicionales de la Modernidad que era consistentes, unidas por fuertes lazos sostenidos a partir de la lealtad, fidelidad, compromiso y esfuerzo a largo plazo, surgen estas nuevas relaciones donde "lo que a todos nos gustaría, en realidad, es poder poner en cada relación un cartel de que se trata de un compromiso "hasta nuevo aviso"", afirma el sociólogo. También la felicidad fue reformulada, dejó de pensarse como algo que crece en el tiempo gracias a su cultivo cuidadoso y paciente a ser vista como momentos felices o de éxtasis episódicos a través de breves y condensados encuentros.
El amor líquido tiene, como todo término de la posmodernidad, una definición abierta y cambiante, y como estamos viviendo en esta época mientras la analizamos y nombramos, vamos teorizándola no solo con nuevos conceptos y discursos sino más bien con nuevas prácticas y "modus vivendi".
La característica definitoria de los líquidos es la imposibilidad de mantener su forma, o adaptar su forma al recipiente que lo contiene, por la poca cohesión entre las moléculas, y a la vez, su vulnerabilidad. Es por esto que el amor líquido es algo frágil, que si se rebalsa, se vuelca. Si uno se descuida se evapora, de un día para otro, o alguien más se lo toma. Es algo que se derrite y se esparce, chorrea y fluye. Es algo húmedo, lúbrico, mojado, embebido, empapado, inundado. Es amor líquido es flexible y se adapta a cada situación, no tiene asperezas ni bordes puntiagudos como los "amores sólidos". El amor líquido corre río abajo con otros ríos y arroyos que se funden todos en un amplio mar para perderse en el magno océano...
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